Mono de Circo

Sociedad 27 de julio de 2019
La pelota pegaba en el palo porque no había ángulo alguno. Salvo con algún efecto específico, sin jugadores rivales y con la pelota detenida, era posible que el esférico pudiese alguna vez ingresar en el arco desde ese sitio. O salvo que te apellides Márquez. La historia de José Luis “el Mono” Márquez, la joya cuerva de los ` 90.
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Un ser extraño por su forma poco ortodoxa, lisiaba como nadie por la banda izquierda. Desde el banderín, en dirección al arco. Más que nada por la raya, abusando del reglamento, muchas veces tan rápido, tan listo, que hacía parecer que la pelota no se fue, pero se fue. Se había ido. Obvio que sin Var el árbitro un poco excedido y distante de la jugada decía que siga el juego. Diestro, de cabellera crespa azabache sin conocimientos de peines ni geles. Así no más, en seco, crecido, “yuyudo”. Lagañas del tamaño del ojo. Camiseta suelta casi como vestido negro que rodeaba su ser. Piernas chuecas, delgadas, estatura baja, tez oscura, visión clara y periférica.

Parece que desafía la gravedad, tambalea después de un choque con un defensor central rival pero no cae. Es mucho más pequeño y más liviano que el resto. También mucho más rápido y hábil. Pareciera que flamea en carrera, la pelota la lleva atada a sus cordones y cada tanto la tira larga exageradamente para someter a sus presas. Frena de golpe y levanta polvareda. Huele el olor a tierra y es inspiración para sus huesos. Tiene el coraje de los boxeadores que suben al ring jugándose la vida pero a la vez buscándose la misma.

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José Luis “el Mono” Márquez era la joya de la cantera cuerva en los años 90. De la raíz de barrio castañares, cara sucia por decreto, sufrido como flor en un desierto otoñal.  Fue captado, mimado y cobijado por “Ramonera” Apaza, y Marcelo Arancibia. Dirigido por Martin Hairala y “el Loco” Confesor. Desparpajo, atrevimiento, audacia, coraje. Tanta rebeldía acumulada que cuando se embarraba la cancha, de cabeza al barro. O cuando al lateral derecho rival se le subía la pierna a la altura de su rodilla, seguramente venía la respuesta suprema, ya sea de cros o de derecha. Es que el hombre tenía también sangre de púgil. Calentón dicen en el barrio. Ganador, poco paciente, insistente.

Es partido preliminar, de la primera división. De repente se levanta la platea y se escucha con emoción ese murmullo de haber visto algo distinto. Algunos compañeros desafectados en las gradas atinan a decir:
-  “el Mono”. Es ese que los gambetea a todos. Si habrá gambeteado inviernos fríos, comidas calientes y frazadas de abrigo.

Tiene las trenzas desatadas, los botines con la suela salida, las medias caídas. Juega por la comida y créanme que nada que envidiarle a Neymar. Parece brasileño pero es más salteño que el tamal. Discute con el árbitro, lo provocan los adversarios, lo aplauden los cuervos. Tiene alas el primate, cuando solo arranca ya se le aprecia esa pasta artesanal. Lleva la número once casi en hilachas de tantas agarradas. Es que no lo pueden parar. El apodo es muy preciso, aunque sonríe y se le percibe carisma. Es atorrante, divertido, espontaneo, natural y muy pedidor, me cuenta Federico “Chacha” Apaza desde su escritorio de la Dirección de Deportes.

En un cerrar de ojos pasaron los años y nunca pudimos verlo, como a tantos talentos, brillar en los grandes escenarios. Esas cosas del destino, del azar, de Dios. No sé si lo perdimos o solo se perdió, pero sí que dejó unos surcos imborrables sobre la línea de cal. Es que ahí era su hábitat. Parecía que no pasaba pero pasaba, no llega y llegaba. Están a punto de revolearlo por los aires con o sin pelota y Márquez pega un saltito o puntea y deja en ridículo a los caballos de turno y sigue su viaje al gol. Recuerdo que había gente que solo iba a verlo a él. Para que tomen dimensión lo que provocaba. Se decía que “Mono” Márquez por izquierda y “Camerún” Martínez por derecha harían desastres por años sobre Entre Ríos y Brown.

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Lo bueno dura poco me dice mi padre. Dura tan poco que es muy fácil extrañarlo. Mientras al fútbol se juega solo por dinero y se elige como prioridad a quien corre mucho,o salta alto, esta especie de tipos, son añorados, porque jugaban al fútbol amateur y natural, por el mate y el pan, con pelotas de medias, con el apetito a cuestas, siempre aguardando que su padre, que lo abandonó a los cuatro años, le tire una pared en su regreso.

Hoy es una leyenda urbana, que madruga cada día con la idea de sobrevivir, enseñando en una escuelita de fútbol de barrio, lo que no quisieron inculcarle. El hombre que supo de calles, soledades y miserias solo quiso ser Maradona por un tiempo y después tan sólo un misterio cuervo, guapo en la selva y artista en el circo.

Por Nico Cortés para InformateSalta

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