Emboscada y banderas incendiadas: así fue la batalla entre los barras argentinos y los hooligans ingleses en el Mundial de México 1986

Deportes 22 de junio de 2020
A 34 años del históirico triunfo de Argentina ante Inglaterra por los cuartos de final de la Copa del Mundo, los detalles del cruce más famoso y triste desarrollado antes y durante el partido
alberto

Hoy se cumplen 34 años del mejor gol de la historia de los Mundiales, ése que llegó para hacer olvidar la ilegalidad manifiesta de la mano de Dios. Este 22 de junio se cumplen casi tres décadas y media en que Diego Armando Maradona dejó atrás las dudas de los agnósticos para transformarse en el mejor de todos. Pero no sólo es un aniversario más de un partido memorable en el camino al título: también lo es de la batalla más famosa que se haya dado entre violentos argentinos y europeos en un torneo ecuménico. Fue el día en que el mundo dejó de lado a los hooligans para tener el dudoso honor de conocer a los barrabravas. Porque México fue el Mundial de Diego, de Bilardo y también, tristemente, de los barras.

Como en cada torneo, la Selección contaba con un grupo de apoyo del paravalanchas pago por los dirigentes deportivos, políticos y sindicales de turno. Para México se habían anotado 28 barras de Boca, liderados por José Barritta. A ellos se sumaron 12 de Estudiantes, siete de Chacarita, y otros tantos de Vélez, Talleres de Córdoba y Racing y hasta un grupito de Nueva Chicago, que decidió hacer un armisticio con el resto por los problemas que tenían en Buenos Aires y sumarse al barratour. Todos emprendieron a fines de mayo el viaje para llegar a destino tres días antes del debut contra Corea del Sur.

Pero la jornada clave vendría más adelante, en ocasión de los cuartos de final. Porque a la Selección le tocaba Inglaterra. Era el primer enfrentamiento tras la Guerra de Malvinas. Y el país lo vivía absurdamente como si fuera la segunda parte de aquella batalla. Para los barras pelear contra los hooligans era inevitable y sabían que no sería censurado desde Buenos Aires. Todo lo contrario. Entonces se pertrecharon.


 

Los hooligans venían precedidos por una fama de terror y habían hecho su base en Monterrey, a 1.000 kilómetros de la Capital Mexicana, donde habían destrozado varios locales y bares del centro tras empatar con Marruecos en la fase clasificatoria. Todos, de ambos bandos, estaban en un nivel de excitación importante. Por eso el choque se veía venir. Además de los barras, para la ocasión los argentinos habían sumado también un grupo de exiliados y cincuenta escoceses fundamentalmente del Celtic de Glasgow, prestos a dar una mano.

El encuentro estaba pactado para el 22 de junio en el estadio Azteca. Los ingleses estaban en la ciudad desde varios días antes, puesto que habían jugado en el DF frente a Paraguay por los octavos de final. Y los argentinos empezaron a planear la emboscada. La inteligencia la hizo el grupo de escoceses para saber por dónde se movían sus pares del Reino Unido. Y cuál era el grupo que llevaba las banderas al estadio. Los exiliados, que conocían la capital como la palma de su mano, aportaron los detalles de cuál era el lugar exacto para poder arrinconarlos y, tras la sorpresa inicial, sacarles las banderas, que era el objetivo principal de la revuelta. Hubo una reunión de todos los barras y se convino que el ataque sería en el paseo de la Reforma, la vía principal de la ciudad, entre las avenidas Río Tiber y Florencia, justo donde hay una plaza que tiene el monumento a la Independencia, popularmente conocido como el Angel.

Un grupo atacaría por la avenida cercándolos hacia la glorieta, y otro vendría de atrás y en esa encerrona, estaba la llave de la victoria. A la hora señalada, los argentinos se distribuyeron tal como se había planeado. Los hooligans del West Ham, Chelsea, Newcastle y Manchester United caminaban por Reforma con sus banderas, ya bastante alcoholizados y despreocupados. Apenas los vieron, los barras de Estudiantes, Central y Talleres empezaron a arriarlos hacia la plazoleta. Una vez allí, desde atrás, salio el resto del grupo, liderado por La Doce. La pelea duró largos 20 minutos hasta que, superados en número y rabia, los hooligans se dispersaron dejando atrás, en la huida, varias banderas de sus clubes y de la selección, que después, por TV para todo el mundo, la barra argentina liderada por El Abuelo las mostraría como señal de victoria.

 


“Es cierto que yo participé de la pelea con los hooligans. Todos me recuerdan lo mismo, pero yo no lo tengo en la memoria como algo épico. Existió el cruce, sí, porque estaba todo el tema de Malvinas en el medio y además de argentinos había escoceses. El mito dice que ganamos y si después las banderas estaban de nuestro lado, supongo que fue verdad”, contó en el libro Asalto al Mundial, Raúl Gámez, ex presidente de Vélez, que por entonces portaba el apodo de Pistola, era jefe de la barra del club de Liniers y fue parte de la batalla.

Pasear la bandera inglesa por la tribuna (de hecho, hubo una que fue quemada ante las cámaras de la TV detrás del arco que defendía Pumpido, apenas comenzado el partido), fue lo primero que hicieron los integrantes de la barra argentina que, en el entretiempo, sintiéndose dueños de la situación, comenzaron a orinar hacia abajo, donde estaban los ingleses. Y cuando estos quisieron reaccionar, una vez más fueron superados.

 

Y lo mismo ocurrió a la salida del Azteca bajo los puentes de la llamada Calzada de Tlalpan, avenida que conecta el centro histórico de Ciudad de México con la zona sur de la urbe. Allí algunos ingleses quisieron recuperar sus pertenencias y terminaron en el hospital. La barra argentina se había consagrado como la barra del Mundial. Un triste logro que en su momento fue festejado como un hito en el país sin entender que ese poder simbólico los haría crecer hasta límites insospechados convirtiéndose en lo que hoy son: la pandemia más corrosiva de nuestro fútbol. /Infobae


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