Historias terroríficas de guardias hospitalarias relatadas con detalles por un médico cirujano

Medios 04 de noviembre de 2020
El cirujano Julio Picón, es médico es especialista en cirugía y docente de la materia cirugía en la Universidad Nacional del Nordeste.
cirujano

“La visita de la salud” es un presagio de muerte. Los médicos le inventaron ese nombre a la recuperación fugaz del paciente: supone una revitalización que le concede días para interactuar con sus seres queridos -o despedirse-. En la jerga, al mejoramiento también se la conoce como “la inyección de endorfinas”. Es una ventana de bienestar que pronostica, en el idioma de la profesión, una recaída drástica y fatal. “El signo de la mosca” es otra premonición: una enviada de la parca. Las terapias intensivas son frías, asépticas y selladas. Si una mosca se infiltra en el hermetismo de la unidad y coquetea con las sábanas y el aura del paciente, su suerte está echada. El tercer signo fatal es la guardia de Pablo.

El doctor Julio Picón (MN 104256, MP 3792) lo conoció en la clínica privada de la localidad de Del Viso, partido de Pilar, provincia de Buenos Aires. Lo describió como un personaje extraño: enfermero de la unidad de terapia intensiva, umbandista y nochero por elección. Las guardias que compartían tenían una alta tasa de mortalidad. La suficiente para despertar suspicacias. Pablo era un personaje extraño porque sus actitudes lo eran. Hacía cosas misteriosas con los pacientes graves. Abajo de su almohada les dejaba un alfiler. A veces se acercaba y les susurraba al oído. Julio nunca supo qué les decía y cuando se lo preguntó, el enfermero le confesó: “Les capturé el alma para mi santo”.

El perfil de Pablo, los alfileres bajo la almohada de los moribundos y el cierre de la terapia intensiva de la clínica es una de las historias que el doctor Picón compartió en sus redes sociales. Son cuentos breves de no ficción: relatos vividos, tan ciertos como inexplicables, tan reales como inentendibles. Situaciones paranormales, fenómenos que huyen de todo principio lógico y que suceden al margen de la fundamentación científica.

Julio lo sabe. “Soy médico: trato de racionalizar todas las cosas que suceden pero evidentemente hay algo más”. Su concepción se sostiene en una matriz racional. No cree en la magia, el designio divino o los espíritus fantasmales. No puede, sin embargo, negar la existencia de experiencias sensoriales que contradicen su doctrina ética y profesional. Valoró que en medicina no siempre uno más uno es dos y validó la rigurosidad del método científico.

“Las situaciones que narré sucedieron, suceden y seguirán sucediendo. La gente que trabaja en salud sabe que en estos ambientes suceden hechos muchas veces inexplicables”, acreditó. No es lo mismo, dice, un hospital de día que un hospital de noche, cuando la anulación de la luz natural y el cese del bullicio destapa eventos que en otros momentos pueden quedar solapados en la claridad y la muchedumbre. “No sé cómo tipificarla -aclaró-. No sé si es energía o qué. Pero la tensión que se produce en un ambiente donde la gente muere, donde los familiares lloran, donde hay mucho dolor, se siente. El ambiente queda cargado y tiene que pasar un rato hasta que se regularice”.

Julio trabaja hoy en el área de Guardia de los hospitales chaqueños Julio C. Perrando, Eva Perón y el centro de salud de Villa Prosperidad. Prefiere las guardias nocturnas porque siente que el tiempo pasa más rápido, la dinámica es más ágil y los casos son más interesantes. Tiene 51 años de vida y 25 de carrera. Su cronología de vida podría apuntar que nació en Itatí, Corrientes; que se mudó a la capital provincial para estudiar medicina en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE); que se especializó en cirugía; ejerció como director de emergencia sanitaria de la provincia, tuvo cargo de gestión y de asesor; que fue director de hospitales correntinos, trabajó en clínicas privadas de Buenos Aires pero desde 2007 se desempeña en la salud pública; que es docente de la materia cirugía en la universidad donde se formó; y que se casó con una médica especialista en nutrición, con la que tuvo tres hijos. El único varón de los tres tiene 20 años y estudia medicina. La más grande, de 23, es abogada. La restante recién empieza la escuela primaria.

Hace pocos días, en el Perrando, se recostó y dormitó en la pausa de una guardia hasta que escuchó un grito: alguien gritaba “enfermera, enfermera”. Se levantó, persiguió el eco: no había nadie. Le preguntó a la enfermera y juntos coincidieron en olvidarlo, naturalizarlo. “Habrá sido el cansancio”, pensaron. “Una más”, entendieron. Desconoce el origen de estas vivencias: no sabe si son exacerbaciones de la noche, manifestaciones del cansancio, la imaginación, el viento o un suceso sobrenatural. “Existen energías emocionales que no podemos manejar. Suceden cosas extrañas. Nuestro mundo aún guarda secretos. Mis relatos no son fruto de una sobredosis alcohólica ni de una mente atormentada por el ‘burn out’. Son breves historias de situaciones vividas, inexplicables para nosotros, pero que tal vez tengan alguna explicación que no conocemos aún”, escribió.

Lorena Monzón lo conoce del Eva Perón de Barranqueras. Desde 2013 trabaja ahí haciendo guardias rotativas. Suscribe cada relato de Julio: “Donde haya un hospital siempre van a pasar cosas extrañas, cosas que no tienen explicación en las guardias nocturnas”. Lleva once años como enfermera: su miedo está anestesiado, pero igual, cuando es de noche y hay que recorrer el largo pasillo que separa la guardia de la sala de internación prefiere ir acompañada. Dice que cualquier médico o enfermero que haya trabajado en horario nocturno dentro de un hospital vivió un fenómeno que no puede explicar.

El suyo data de 2010. El escenario cliché: la guardia nocturna de un centro de salud en la periferia de la capital chaqueña. Estaba ella, una médica y una radióloga. Cerraban la puerta, la única puerta de entrada, con una traba y se juntaban en la sala de rayos a charlar, tomar mate y descansar. A las cuatro de la mañana de una noche más, las tres se despertaron alteradas y en simultáneo después de escuchar el golpe en la puerta de la sala de rayos. “Golpearon fuertísimo, como si fuera una urgencia. Nos levantamos y no había nadie, no podía haber nadie porque estaba todo cerrado”, contó.

Su relato se podría anexar al catálogo del doctor Picón. En sus redes sociales, el cirujano inauguró una serie de cuentos en las vísperas de Halloween. El de Pablo y sus alfileres lúgubres es solo uno de los cuatro episodios que ocurrieron en la atmósfera nocturna de un hospital. Julio narró, también, la respuesta en la morgue de un niño de 9 años que había muerto electrocutado después de recibir una descarga eléctrica al intentar prender un ventilador, la súplica de un joven que después de muerto seguía apretándole el brazo y la de un pescador fantasma con tos. Los textos se transcriben tal cual fueron publicados.


El niño y el ventilador

De todos los espacios hospitalarios al que le tengo más temor es a la morgue. Me parece un lugar cerrado, pequeño, agobiante, con una gran carga negativa de dolor y desesperanza. Durante una guardia, personal policial llegó con un niño de tan solo 9 años que se electrocutó.

En vano se hicieron las maniobras de reanimación: no pudo salir. Se decretó el deceso, se lo cubrió con una sábana y se llevó el cuerpo a la morgue. Esperamos por el móvil tanatológico, ya que llamativamente ningún familiar apareció. La guardia siguió su curso, entre mate y mate.

A eso de las 4 de la madrugada escuchamos un tremendo grito, un alarido desgarrador, que venía desde el fondo. Y luego un golpe seco, como la caída de un peso voluminoso. Salimos todos al mismo tiempo corriendo para el fondo, pensando en el ingreso furtivo de algún familiar.

En la morgue no había nadie. Solamente el cadáver del niño electrocutado, totalmente descubierto y con la sábana tirada en el suelo. El desconcierto era general. No había explicación lógica. Nos retiramos y nadie se atrevió a aproximarse a la morgue hasta que se hizo de día.

(Los medios locales informaron que la tragedia ocurrió cerca de las diez de la noche del viernes 3 de febrero de 2017, en la intersección del pasaje 27 y la calle Boggio del barrio La Rubita, en la ciudad de Barranqueras. El médico contó: “El chico ingresó casi muerto, no había nada que hacer. Lo dejamos en una morgue improvisada que era como una piecita. El personal de guardia estaba más adelante y la morgue, como siempre, atrás de todo").

El mendigo fantasma

El hombre parecía un mendigo y golpeó tímidamente la puerta de la guardia. Lo atendió la enfermera, lo registró y lo hizo pasar al consultorio. El motivo de la consulta era dificultad respiratoria, tos y fiebre. El examen no me dijo mucho y pedí una placa.

La técnica radióloga le pidió que se posicione sobre el chasis y tomó la radiografía. Entró al cuarto oscuro para revelar y sintió frío y miedo. Alguien le respiraba en la nuca. Y la respiración se sentía muy fuerte. Salió rápidamente del cuarto y no encontró al paciente.

Era imposible que se escondiera en algún lado. La puerta estaba cerrada con traba interior. El paciente literalmente se evaporó. Sintió más miedo aún y vino corriendo hasta la guardia. Llamamos al policía por cualquier cosa. Buscamos por todos lados y nada. Quedamos con la duda.

Anotamos en el cuaderno de novedades “hora 3:15”. Temprano en la mañana llega el encargado de seguridad y se entera de lo sucedido. “Vamos a revisar las cámaras”, propone. Estamos todos atentos mirando las grabaciones. Expectantes. Hasta que llega el horario estimado.

La enfermera abre la puerta pero no pasa nadie. Yo me veo en el pasillo hablando a la nada y gesticulando en soledad. No se ve en ningún momento a otra persona. Se ve a la técnica que abre la puerta de rayos y habla, pero no hay nadie. Nos quedamos en silencio. No decimos nada.

No queremos quedar como locos. Todos lo vimos e interactuamos con el paciente fantasma. Las cámaras no lo registraron, sólo nuestros ojos o nuestra imaginación.

(“La placa salió como que no había nada, como si tomara una radiografía al aire. Se registró con el nombre de una persona que había desaparecido en el río y que se le dio por muerto hacía un par de meses. Era pescador y su cuerpo nunca fue hallado”, agregó Julio).

Los alfileres de Pablo

Pablo era considerado un extraño personaje. Enfermero de la terapia, umbandista y nochero por costumbre. Las guardias que me tocaban con él, tenían una alta y rara mortalidad. Cuando un paciente se encuentra en estado crítico, hay signos que presagian la fatalidad.

“La visita de la salud”: el paciente está mal, moribundo, y repentinamente recupera el bienestar, amaga un fugaz mejoramiento. Habla con los familiares, recuerda a personas fallecidas. Y luego cambia drásticamente, desmejora y muere. Una inyección de endorfinas dicen algunos.

“El signo de la mosca”: las terapias son habitualmente frías, asépticas; sin embargo, cuando un paciente crítico se dirige hacia la muerte, este insecto burla la seguridad sanitaria, se infiltra en la UTI, y se posa sobre las sábanas del moribundo. El destino está sellado.

El tercer signo fatal, era la guardia de Pablo. Se acercaba a los pacientes graves, susurraba algo en los oídos y se apartaba. “Les capturé el alma para mi santo”, decía. Y dejaba un alfiler debajo de la almohada. Horas después el paciente empeoraba, y no se podía hacer nada.

Muchos murmuraban por abajo. La jefatura de enfermería decidió investigarlo, y lo apartaron del servicio por las dudas. La mortalidad bajó. Y Pablo en su nuevo puesto de vacunación no logró adaptarse. Renunció unos meses después. Un día nos enteramos que se suicidó.

La vida en la terapia continuó igual, con pacientes que se recuperaban y otros que fallecían. Una noche controlaba la evolución de un moribundo. Repentinamente una puerta se cerró. No había nadie cerca. El monitor me indicó que el paciente ya había fallecido.

Los enfermeros se aprestaron a desenchufar los aparatos. De golpe me llama una de las enfermeras: “¡Doctor! Rápido, venga”. La noto nerviosa y asustada. Me acerco a la cabecera del paciente muerto. El otro enfermero levanta la almohada y me muestra un alfiler.

Nadie sabía cómo ni porqué. Pero cada óbito nocturno, estaba acompañado por la presencia de un alfiler bajo la almohada. Tiempo después yo dejé la clínica. Pero me enteré que cerraron la terapia porque los enfermeros tenían mucho miedo y ya no querían trabajar ahí.

“No quiero morir, doctor”

El paciente ingresó a la guardia en mal estado. Apenas respiraba. Aún así estaba lúcido. Pero sería por poco tiempo. Era joven, de no más de 20 años, y con un cáncer testicular muy avanzado. Terminal. Me sorprende tomándome del brazo con sus huesudas manos, con rara firmeza. Tiene las uñas largas y afiladas. La presión me lastima y trato de disimular el daño que me provocan sus dedos.

- Ya te vas a mejorar, le digo.

- No quiero morir, doctor, ¡tengo miedo!

Llamo al terapista y le presento al paciente. Empeora minuto a minuto.

- ¿Qué decís Horacio? ¿Qué podemos hacer?

- Está agónico. No se puede hacer nada.

Recién ahí me doy cuenta que el enfermo todavía me tiene agarrado del antebrazo, con inusual fuerza, como si estuviese momificado.

- No se vaya doctor.

- No me voy, quedate tranquilo.

El paciente me sigue mirando. Veo como sus ojos se van apagando. La respiración se vuelve más lenta, espaciada. Y de golpe, ya no respira. Sin embargo su mano sigue sujeto sobre mi antebrazo, y las uñas se afirmaron sobre mi piel. Con la ayuda del enfermero logro destrabarlo.

Veo las marcas de las uñas sobre la piel, rojas, casi sangrantes. Luego del trámite de la defunción me fui a recostar un rato. Dormité un poco. Y de repente me despierto con la sensación de que una mano se cerraba firmemente sobre mi antebrazo, con fuerza, arañándome.

Está oscuro, no veo nada. Pero la presión es real y me lastima. Intuitivamente tomo el celular y trato de iluminarme con la pantalla. La presión desaparece súbitamente. No hay nadie cerca mío. Pero las marcas están allí, frescas, recientes, casi sangrantes. /Infobae

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