Tarzán

Sociedad 01 de mayo de 2019
La historia de Octavio “Anchi” Fontana no era una persona del montón. Nacido y criado en Villa San Antonio. Con su porte y su estilo, le iba como anillo al dedo para el Club Atlético Central Norte.
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Siempre que tengo dudas sobre el fútbol, reveo el Barcelona de Guardiola. Atrás de todo, al fondo, detrás de semejante orquesta, casi amistado por obligación con el arquero, dentro de ese milagro, se encontraba un hombre mezclado con toro de melenas largas y enruladas que sudaba cataratas.  

En mi infancia, estaba seguro había visto algo similar. Recordaba que mis ojos vieron un Carles Puyol en persona, en vivo, regional y criollo, en la cancha principal de mi club. La memoria focalizó esa imagen de esfuerzo notable, de carácter férreo, de sacrificios llevados al límite. Piel bronceada, rulos castaños rojizos prominentes, unos faros importados de color claro, unas cejas fruncidas mezcladas con una voz  firme y cada tanto una sonrisa pícara de seducción. Y chancletas con mucha calle. De tierra y barro.

Nacido y criado en Villa San Antonio, de la ciudad de Salta, Octavio “Anchi” Fontana no era una persona del montón. Entre tantas cosas que le atraían, por curioso, por travieso, por ambición y por necesidad, amaba el futbol. Ver rodar el balón por la plaza ya era motivo de perseguirla hasta el anochecer. Su sueño era jugar en primera. En el camino hizo todo tipo de changas. Más bien relacionado al Mercado, con la fruta como principal producto de venta. Tanto así que hoy tiene sus diferentes paradas comerciales sobre las rutas. Lo sucedieron sus hijos en la sede principal de Zuviría y 12 de octubre.

Pelota en el aire y “el Anchi” despeja de un frentazo como si tuviese un empeine en su parietal. Insinuación de desborde y barrida descomunal entre yuyos, piedras, matas sobre su muslo. Pelota dividida y fraccionada en su totalidad para sus pies. Mas aguerrido que técnico. Mucha fortaleza física, enérgico, intenso, mas defensor central que lateral. Le cabía su porte y su estilo como anillo al dedo para el Club Atlético Central Norte. Como un matrimonio ideal. Un traje hecho a medida. La casa negra lo cobijo como a un hijo y él se debió a ella, como a su madre.

Amigo del descontrol, de los excesos y la poca disciplina. También hombre de códigos, valores callejeros, gran apostador  de riesgos, hombre pecado y pecador. Vivió a su manera como supo nacer y como pudo criarse. Cabecea todo lo que ve por el aire. Aunque ya no pueda saltar ni cerrar con esos piques de antaño. Conlleva más lágrimas que sonrisas, le cuesta dormir, le duele vivir. Siente nostalgia de la tribuna del cuervo, recuerda con detalles cada jugada. Los ojos rojos son secuelas de un falso sol que hizo de su día la noche.

Entre tantas emociones se hace entender. Me mira a los ojos y sin pronunciar palabras le duele su pasado prohibido. Está arrepentido de los atajos no correspondidos. Llora por su propia y maldita debilidad. Esta vulnerable y sabe que las espaldas le pueden ganar. Me pide que lo recuerden, me jura que dejó la vida por Central. Me recuerda que jugó en el “Lobo” jujeño, que extraña a sus amigos, pide disculpas a sus hijos, entre lágrimas que no cesan. Quiero abrazarlo pero mucho no se deja tocar. Me regala uvas, para compensar. Se siente extraño pero lo revive el futbol. Se quiso abandonar pero lo reanima cualquier naranja que rueda por su sombra. ¿Ángel y demonio? ¿Quién no? De mil modos, elegido honorable representante futbolístico, Octavio “Anchi” Fontana, “Tarzán” de selvas negras, sobreviviente de la peor oscuridad, cuerdo y campeón, yo te recuerdo.     

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