La decisión de Menem: “O se rinden o los bombardeamos” a los carapintadas en diciembre de 1990

Medios 03 de diciembre de 2022
1990

El secretario general de la Presidencia y uno de los hombres de más confianza del mandatario, Alberto Kohan, fue el encargado de interrumpir el sueño liviano con que dormía la madrugada del 3 de diciembre de 1990 en la Quinta de Olivos.

“Es ahora, Carlos, empezaron”, le dijo.

Carlos Saúl Menem, el presidente, no necesitó preguntar qué había empezado. Desde hacía un mes sabía que un grupo del Ejército que respondía al coronel Mohamed Alí Seineldín estaba cocinando algo, y hacía apenas cinco días el jefe de la SIDE le había dado más precisiones.

“Es entre hoy y el fin de semana”, precisó Hugo Anzorreguy la noche del miércoles 28 de noviembre.

Su cálculo había fallado por muy poco: el movimiento había empezado a las 3.30 de la madrugada del lunes.

El presidente saltó de la cama y se vistió con rapidez.

De inmediato le hicieron un cuadro de situación. Los rebeldes habían tomado el Edificio Libertador, a cien metros de la Casa Rosada, y el Regimiento de Infantería 1 de Patricios, en Palermo, dos sedes emblemáticas del ejército. Además, tenían en su poder la fábrica de tanques TAMSE, en Boulogne, y el Batallón de Intendencia 601, en el Palomar. Eso en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires. También, desde Entre Ríos, avanzaban hacia la Capital Federal.

Seineldín estaba detenido en San Martín de los Andes por orden del jefe del Ejército, general Martín Bonnet, y se esperaba que intentaran liberarlo.

Mohamed Ali Seineldin

Menem escuchó el informe con atención y, sin dudarlo, ordenó reprimir la rebelión, que amenazaba con transformarse en golpe de Estado.

“Yo no voy a ser otro Alfonsín, no voy a negociar. O se rinden, o bombardeamos las unidades”, dijo.

El momento era, además, políticamente crítico. Para dos días más tarde estaba prevista la llegada al país, en visita oficial, del presidente de los Estados Unidos, George H. Bush.

Así comenzó la cuarta rebelión carapintada, la más sangrienta de todas, con un costo 14 muertos. También fue un momento bisagra para la transformación del Ejército –y con él, de las otras Fuerzas Armadas– en una institución definitivamente integrada a la democracia.

“Eso fue un punto de inflexión en nuestra historia política reciente. En mi opinión, es la definitiva inserción de las Fuerzas Armadas subordinadas a las instituciones de la república, a la esencia de los valores democráticos. Ese día empezó algo distinto en el país, aunque tuvo que pasar ese hecho lamentable”, evaluaría después el general Martín Balza, por entonces subjefe del Estado Mayor General del Ejército.

La cuestión carapintada

Desde el retorno de la democracia y durante todo el gobierno de Raúl Alfonsín, lo que se conoció como el movimiento carapintada había logrado con el recurso de las asonadas arrancarle concesiones al poder civil, fundamentalmente la impunidad de la enorme mayoría de los integrantes de las Fuerzas Armadas por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura.

La primera rebelión, encabezada por el teniente coronel Aldo Rico, estalló en la Semana Santa 1987, cuando el capitán y represor Ernesto “Nabo” Barreiro, se resistió a presentarse ante la justicia para responder por sus crímenes y se refugió en una instalación militar. Al mismo tiempo, Rico sublevó a la Escuela de Infantería en Campo de Mayo.

Alfonsín ordenó al Ejército sofocar el movimiento rebelde, pero las tropas “legales”, al mando del general Ernesto Alais, avanzaron hacia Campo de Mayo con una lentitud que denunciaba a las claras la decisión de no intervenir.

Finalmente, el Presidente tuvo que ir a negociar con Rico a Campo de Mayo. A su regreso, salió a un balcón de la Casa Rosada y se dirigió a la multitud que se había reunido en la Plaza de Mayo para apoyar al gobierno y la democracia. Allí pronunció aquella famosa frase que ya es parte de la historia:

“Argentinos, Felices Pascuas, la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”.

También dijo que entre los insurrectos había héroes de Malvinas, lo que provocó la inmediata rechifla de la multitud. No se demoraría en saber que, para desactivar la movida, Alfonsín había entregado su política de derechos humanos, que había alcanzado su punto más alto con el juicio a las juntas militares.

Durante el resto de su mandato, Alfonsín enfrentó otras dos asonadas de los militares carapintadas. Una segunda comandada nuevamente por Aldo Rico que, en enero de 1988, pretendió hacerse fuerte en Monte Caseros, Corrientes, pero debió rendirse, y una tercera encabezada por Mohamed Alí Seineldín en diciembre de 1988, la Operación Virgen del Valle.

Con esas tres movidas, los rebeldes habían logrado la promulgación de las leyes de impunidad para los represores –las de Obediencia Debida y de Punto Final– y el desplazamiento de dos jefes del Ejército.

Menem y Seineldín

Con la llegada de Carlos Menem a la Casa Rosada, el peligro de una nueva rebelión carapintada pareció desaparecer de la agenda política argentina. El coronel ultracatólico y nacionalista había hecho buenas migas, e incluso llegó a asesorarlo, con el riojano durante la campaña presidencial.

La situación cambió en marzo de 1990, tras la muerte del jefe del Ejército, general Isidro Cáceres, un nacionalista a quién los carapintadas consideraban un aliado, y su reemplazo por el general Martín Bonnet.

Seineldín vio ese cambio en la jefatura de la fuerza como un desvío del rumbo que él pretendía para el arma y también una frustración personal: tuvo la seguridad de que jamás sería ascendido a general.

Le escribió una carta a Bonnet, que tomó estado público, donde amenazó encubiertamente con fraccionar el Ejército. El nuevo jefe del arma le respondió con una pena de arresto de 20 días. Seineldín esperaba que Menem intercediera por él – todavía tenía la esperanza de que el Presidente lo sumara a su gobierno– y cuando esto no ocurrió, rompió con él.

Lo hizo también con una carta, fechada el 20 de octubre de 1990, donde le decía que “están dadas las condiciones para que sucedan acontecimientos reivindicatorios de tal gravedad que ni Usted ni yo estamos en condiciones de precisar”.

Sin decirlo de manera abierta, lo amenazaba con un nuevo levantamiento carapintada, cuya cuenta regresiva se iniciaría en ese preciso momento.

Un secreto a voces

Esa cuenta regresiva se extendería hasta el 3 de diciembre, por razones bien precisas que el exmayor Hugo Abete, participante de la movida, le resumió hace poco a Adrián Pignatelli y fueron publicadas en Infobae.

“La fecha fue elegida por dos motivos: no se la podía planificar para fin de diciembre, que era la época de los cambios de destino; además, lo que tomamos como una motivación más fue la anunciada visita del presidente de Estados Unidos George Bush padre para el día 5″, le explicó.

Carlos Menem y George Bush padre

La llegada del mandatario norteamericano en medio de un levantamiento de un sector del Ejército era algo que el gobierno argentino no se podía permitir.

El nombre en clave elegido fue Operación Virgen de Luján –los nombres religiosos ya eran una marca en el orillo de Seineldín- y su preparación fue un modelo de indiscreciones, tantas que para principios de noviembre Inteligencia del Ejército estaba al tanto de su existencia.

La Secretaría de Inteligencia del Estado también conocía la movida y, para fines de noviembre, la fecha aproximada. Tenía intervenidos los teléfonos de los líderes carapintadas y de algunos de los civiles aliados a ellos. Por eso, el 28 su jefe, Hugo Anzorreguy, pudo avisarle a Menem que ocurriría en un plazo máximo de cinco días.

También la información fue filtrada –por razones difíciles de dilucidar– para que llegara al público. A fines de noviembre, un oficial del Ejército se presentó en la redacción del diario Sur y dijo que el primer lunes de diciembre ocurriría algo importante relacionado con Seineldín.

Una fuga frustrada

El levantamiento del 3 de diciembre comenzó en realidad a las diez de la noche del domingo dos, cuando el teniente coronel Luis Baraldini instaló un puesto de comando en el Distrito Militar de Buenos Aires, en el mismo predio del Regimiento de Patricios.

A la 1.30 del lunes, el propio Baraldini y otros dos oficiales coparon el puesto de guardia del Regimiento, donde había solo un conscripto de 19 años y fueron hasta el edificio principal, donde le pidieron al oficial a cargo que entregara su arma.

A esa misma hora, en San Martín de los Andes, Seineldín salió de su lugar de detención con la intención de llegar a Buenos Aires y ponerse al frente del levantamiento. Estaba preso en el Casino de Oficiales del Regimiento 4 de Caballería de Montaña, de donde un grupo de suboficiales le permitió escapar por la puerta. Para no comprometerlos, por si algo salía mal, el coronel rebelde ató una cuerda hecha con sábanas anudadas de la ventana de su habitación para simular una fuga.

El plan preveía que abordara un avión en el aeropuerto de Chapelco, que lo llevaría desde allí al Aeroparque metropolitano, al sector de la Fuerza Aérea que un grupo debía copar, y una vez en ese lugar lo llevarían en helicóptero hasta el Regimiento de Patricios.

No pudo siquiera abordar el avión. En Buenos Aires el levantamiento se estaba cobrando su primera cuota de sangre, algo que sería determinante para que no tuviera el apoyo previsto.

Veinte horas sangrientas

En la toma del Regimiento de Patricios, los carapintadas habían fusilado a dos oficiales que no habían querido rendirse: el coronel Hernán Pita y el mayor Federico Pedernera. Cuando se conoció el hecho –poco después de ocurrido– la rebelión perdió prácticamente todo el apoyo dentro del Ejército.

Para entonces, uno de los principales actores del levantamiento de Semana Santa, Gustavo Breide Obeid, había ocupado el Edificio Libertador y otro grupo de rebeldes tomó la sede de Prefectura, también cercana a la Casa de Gobierno. Allí se tirotearon con fuerzas leales y dos de los ocupantes murieron. También resultaron heridos, en la calle, dos periodistas que estaban cubriendo lo que ocurría: Fernando Carnota y Jorge Grecco.

A todo esto, los tanques que venían de Entre Ríos habían sido bloqueados y los insurrectos que ocuparon el batallón de Palomar se habían rendido.

En Boulogne, once tanques tomados por un comando carapintada salieron a la Panamericana para sumarse al movimiento. En la ruta, uno de ellos atropelló a un colectivo de la línea 60 y mató a cinco personas que viajaban en él. El conductor del tanque y jefe del grupo, Jorge Romero Mundani, se suicidó con un disparo.

La rebelión ya había fracasado, pero todavía los rebeldes resistían en el Regimiento de Patricios y en el Edificio Libertador. El encargado de recuperar el predio de Palermo fue el general Balza, que consiguió la rendición de los sublevados a las 5 de la tarde, luego de un feroz cañoneo y de un intenso fuego cruzado entre ambos bandos.

El último bastión rebelde en rendirse fue el del Edificio Libertador, donde Breide Obeid y sus hombres depusieron las armas a las 8 de la noche.

Seineldín, que no había podido moverse de Neuquén, se asumió como máximo responsable del levantamiento, cuyo saldo sangriento fue de 14 muertos, entre ellos 5 civiles. Trescientos rebeldes fueron detenidos.

De los episodios de ese día, Menem contaría: “Cuando llegué desde Olivos a la Casa de Gobierno silbaban las balas. Encontré a algunos de mis colaboradores cuerpo a tierra en mi despacho. Todos me pedían que me protegiera, pero yo no me tiré al piso. Nunca había pasado por una experiencia así... Tomé la decisión de no implantar el estado de sitio y la decisión política de seguir con mi actividad y recibí al embajador de Bulgaria”.

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